Las viejas postales del IPC Congreso volvieron a circular como un búmeran incómodo para el Gobierno. En las imágenes se ve a Patricia Bullrich, seria, indignada, casi pedagógica, sosteniendo carteles que denuncian la “grave” inflación de 2015: 1,48% mensual y 31,43% interanual en febrero; 2,17% mensual y 26,6% interanual en agosto. Para la oposición de ese entonces era un escándalo institucional, una alarma nacional, un indicador de la “crisis terminal” del país.

Una década después, esas fotos ya no parecen advertencias: parecen piezas de humor involuntario.

Porque mientras Bullrich sostenía esos números con gesto apocalíptico, la Argentina de Javier Milei navega una inflación interanual que supera con holgura el 270%, y diciembre cerró en 2,8%, un mes celebrado como victoria porque —en palabras del Gobierno— “la inflación está bajando”.

Bajando… hacia niveles que en 2015 Bullrich consideraba intolerables.

El contraste es tan violento que las imágenes toman otro sentido. No es solo que los números de 2015, criticados con fervor opositor, hoy serían considerados un oasis. Es que las caras adustas, el tono grave y la épica de la denuncia quedaron convertidos en gesto vacío frente a una realidad infinitamente más deteriorada.

La ironía es inevitable: si Bullrich volviera a posar hoy con carteles de IPC, necesitaría más de un brazo para sostener la cifra anual, y probablemente un photoshop industrial para que entre en la hoja.

Pero el Gobierno no habla de eso. Prefiere recordar el pasado como tragedia mientras administra el presente como si fuese un trámite. La inflación actual sigue estando entre las más altas del mundo, pero la vara cambió: aquello que en 2015 era intolerable

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