El presidente Javier Milei decidió mover casi por completo el tablero de las Fuerzas Armadas. Cambió jefes, ascendió aliados y premió a quienes orbitan alrededor de la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei. Todo muy vertical, muy ordenado, muy disciplinado. Pero sobre el drama real de los uniformados —los salarios de miseria— no dijo una sola palabra.
El jefe de Gabinete, Manuel Adorni, anunció por X el enésimo reacomodamiento dentro de la estructura castrense. Un recambio que parece más una rotación política que una decisión estratégica. Según pudo saber, todos los nuevos designados son figuras cercanas al círculo íntimo de la Casa Rosada, particularmente al de Karina.

Los elegidos son:
- Oscar Zarich, general de División, será el nuevo jefe del Ejército en lugar de Carlos Presti, quien fue enviado al Ministerio de Defensa.
- Marcelo Dalle Nogare, vicealmirante, asumirá en el Estado Mayor Conjunto reemplazando al brigadier general Xavier Julián Isaac.
- Juan Carlos Romay, vicealmirante, quedará al frente de la Armada en lugar de Carlos María Allievi.
- En la Fuerza Aérea no habrá cambios: el brigadier mayor Gustavo Valverde fue ratificado.
Todos los salientes —excepto Valverde— habían asumido hace menos de un año. Un gesto puro de Milei: manda, desarma, reordena y vuelve a mandar. Pero gobierna sin mirar el elefante en la habitación.
Porque mientras cambian nombres en los despachos, los militares siguen bajo la línea de pobreza
La inmensa mayoría del personal de las Fuerzas Armadas —especialmente los grados bajos y medios— sobrevive con sueldos que no alcanzan ni para cubrir una canasta básica. Hay soldados que cobran menos que un repositor de supermercado. Cabos que complementan ingresos con changas. Oficiales que viven endeudados con tarjetas, como cualquier trabajador precarizado del país.
Toda la estructura militar está sostenida por salarios indignos, pero nadie en la plana mayor, ni salientes ni entrantes, dice una palabra. Nadie alza la voz. Nadie se anima a incomodar a la política. Y si hay un momento para hacerlo, es este: cuando un presidente decide rearmar la cadena de mando, alguien debería tener el coraje institucional de plantear que no se puede defender a la Nación cobrando sueldos que condenan a la tropa a la pobreza.
El silencio es ensordecedor.
La política juega a los ascensos mientras la tropa juega a sobrevivir
El comunicado de Adorni cierra, como siempre, con un “Dios bendiga a la República Argentina”. Una bendición que no se traduce en dignidad salarial para quienes usan uniforme. Como si cambiar jefes resolviera algo mientras el personal militar revuelve números a fin de mes para poder comer.
El Gobierno mueve las piezas, acomoda cargos, arma su esquema de lealtades. Pero el desastre salarial —ese que ningún comandante quiere o se anima a enfrentar— sigue corroyendo a una institución clave del Estado.
El Presidente podrá cambiar todos los nombres que quiera. Pero si no cambia lo esencial, las Fuerzas Armadas seguirán siendo lo que son hoy: una estructura vertical empobrecida, disciplinada por necesidad económica y condenada al silencio por la precariedad.
Alguno de estos nuevos jefes debería romperlo. Porque la pobreza en uniforme también es un problema de defensa nacional. Y cada día que pasa sin que se diga, el daño es más profundo.
Hoy los militares carecen de obra social y en los ultimos 5 años más de 100.000 personas abandonaron la carrera para migrar a fuerzas de seguridad o a quien les prometa un mejor futuro.
