El gobierno de Javier Milei amaneció celebrando su nuevo Decreto Anticorrupción en la Obra Pública, una norma que —prometen— dejará afuera de los contratos estatales a todas las empresas involucradas en escándalos de coimas, retornos y sobreprecios. Una suerte de purga moral, una lavada de cara épica para enterrar la vieja política del asfalto caliente. Al menos, ese es el cuento.
Porque la realidad, como siempre, es más irrespetuosa que los discursos de Twitter: la primera empresa que ganó una concesión bajo este nuevo régimen es justamente una firma involucrada en la causa Cuadernos. Sí, así como suena. José Cartellone Construcciones Civiles, un nombre conocido en los listados de arrepentidos, se quedó con la relicitación de la Ruta Nacional 12, el primer paquete de obra pública que el gobierno saca a la cancha bajo su flamante puritanismo administrativo.
Una paradoja que no necesita analistas, apenas un par de ojos abiertos.
Un decreto para la tribuna, una adjudicación para la historia
El decreto, anunciado con la épica de una batalla contra el mal, establece que las empresas condenadas por hechos de corrupción quedarán inhabilitadas para contratar con el Estado. Milei lo celebró como si hubiese iluminado al planeta con una linterna. Pero la letra fina tiene una trampita: solo alcanza a empresas con condena firme. No procesadas. No imputadas. No investigadas.
Y claro: Cuadernos, la causa más grande de corrupción empresarial desde los ’90, sigue empantanada entre apelaciones, nulidades, idas, vueltas y un festival de amparos. Resultado: casi ninguna de las empresas involucradas tiene sentencia firme. Y por lo tanto, todas pueden seguir compitiendo como si acá no hubiese pasado nada.
La Casa Rosada lo sabe. Y aun así, eligió posar con un decreto mientras habilita un escenario donde todo sigue igual.
Cartellone, la ganadora incómoda
La adjudicación de la Ruta 12 cayó como una bomba entre quienes todavía recuerdan el desfile de empresarios frente al juez Bonadio. Cartellone fue mencionada en testimonios clave, investigada por pagos sospechosos y asociada a la cartelización de la obra pública. Nada de eso, al parecer, fue un impedimento para que Milei la convierta en el primer símbolo del “nuevo” modelo de concesiones.
Si este es el comienzo, cuesta imaginar el final.
De la “casta” al “club de siempre”
Es cierto: Milei repite que él no va a frenar la obra pública porque “no cree en la obra pública”. Pero mientras tanto, concede rutas. Y mientras concede rutas, las ganan los mismos de siempre. Y mientras firma decretos contra la corrupción, los primeros beneficiarios son los mismos que figuraron en los cuadernos que describían precisamente ese entramado de corrupción.
Un estreno perfecto. Una síntesis del mileísmo real: mucho grito contra la casta, mucha pirotecnia institucional, pero el negocio sigue cayendo en las manos que el propio Gobierno señala como parte del problema.
La transparencia, parece, también puede tercerizarse. En las mismas empresas de siempre.

