“Tienen los dólares en sus casas, perdiendo plata, y el que más pierde es el país”. Con esa frase, el ministro de Economía Luis Caputo sintetizó el corazón del programa económico que el gobierno intenta sostener.

Una economía cuya reactivación depende, según su diagnóstico, de que los argentinos vuelquen al sistema financiero los ahorros que guardan como resguardo frente a décadas de crisis, devaluaciones y confiscaciones.

Fue en Mendoza, ante un auditorio de empresarios, donde Caputo —el ministro que más deuda tomó en la historia reciente del país— desglosó su plan con la cadencia de quien dicta un seminario de autoayuda financiera para millonarios.

El mensaje, sin embargo, deja una pregunta incómoda: si la estabilidad económica realmente estuviera consolidada, ¿por qué habría que suplicarle a la gente que saque los dólares del colchón?

La frase revela algo más profundo que una simple recomendación financiera. Expone la fragilidad del modelo económico actual. Porque la reactivación ya no parece depender de inversión productiva, crédito o crecimiento real, sino de que los propios ciudadanos vuelquen sus ahorros al sistema para sostenerlo.

En otras palabras, el Gobierno pide confianza después de décadas en las que el propio Estado —con corralitos, pesificaciones forzosas y defaults— enseñó a los argentinos exactamente lo contrario: a desconfiar.

El argumento oficial es que esos dólares “parados” no generan crecimiento. Pero el problema es otro: para que ese dinero vuelva al sistema no alcanza con discursos. Hace falta algo mucho más difícil de construir en la Argentina: credibilidad.

Y esa credibilidad no se decreta en un auditorio empresario ni se construye con frases motivacionales. Se gana con tiempo, estabilidad real y reglas que no cambien cada dos años.

Mientras tanto, el plan económico parece apoyarse en una paradoja: pedirle a la sociedad que confíe sus ahorros al mismo sistema del que aprendió a protegerse.

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